viernes, 12 de junio de 2026

Misticismo

 


Antes de los cristo-bros, de las conversiones mediáticas y de que hablar de religión volviera a ser interesante para algunos, yo ya estaba ahí (hace 3000 años yo ya estuve en esos juegos, Gandalf) escribiendo trabajos sobre mística. Lo encontré estos días revisando papeles antiguos Me hizo bastante gracia recordar mi primera o segunda tardo-adolescencia cuando intentaba imitar a Ignatius Really de la Conjura de los necios. Un niño rarito, que diría el cruel pero justo J.M. Bellido.

Ahora que entre Ernesto Castro, Rosalía, Renézz, los nuevos conversos y todo este ambiente, parece que la cuestión religiosa ha vuelto a la conversación, me doy cuenta de que tengo una habilidad especial para no llegar nunca a tiempo. Como le decía Joe Pesci a Samuel L. Jackson justo antes de pegarle un tiro en Goodfellas: "Siempre llegas tarde. Llegarás tarde hasta a tu propio funeral".

Hoy mis intereses filosóficos van por otros derroteros, pero me ha resultado divertido reencontrarme con este texto. Al fin y al cabo, uno cambia de lecturas, pero algunas preguntas se resisten obstinadamente a desaparecer.

LA MATRIZ DEL MISTICISMO

La mística no consiste fundamentalmente en un conjunto de hechos extraordinarios —éxtasis, estigmas, levitación, etc.— sino, ante todo, en la toma de conciencia de la presencia de Dios en nosotros y en la respuesta creyente a esa presencia trascendente-inmanente. La experiencia mística, en tanto que se inscribe dentro de la experiencia de la fe, comporta descentralizar al sujeto y vivir desde el horizonte del misterio. Por ello, se ha de comprender que la mística y la fe no comienzan por el sujeto, sino por la aceptación confiada y amorosa de la presencia de Dios en la vida.

Cada misticismo otorga, en mayor o menor medida, una importancia diferente a la fe. En cualquier caso, la fe, al estar inherentemente ligada al misterio, comporta mística; y, viceversa, la mística es una consecuencia de la fe. 

El místico, al contrario que el dogmático, es quien vive personalmente la fe y no solo alguien que sigue la religión por la práctica de unos ritos o, simplemente, por la fuerza de la costumbre. Quizá por esta razón, los místicos, al tener testimonio directo de la presencia de Dios, sean los mejores guías para encontrar una respuesta adecuada al misterio insondable de lo religioso.

La experiencia de Dios no puede ser tomada por contradictoria, en el sentido de que, como nadie ha visto a Dios, no hay experiencia sensible de esa presencia. Cuando san Juan el Evangelista declaró: «Bienaventurados los que creyeron sin ver» (Jn 20,29), no pretendía oponer la fe a la experiencia, como si se tratara de dos caminos distintos para conocer a Dios. La fe implica experiencia.

La palabra fe, desde sus orígenes griegos hasta el uso que le dieron los Apóstoles y Jesús, no designaba el asentimiento a unas verdades de las que no tenemos evidencia. Los griegos se referían a la pistis (fe) como tener crédito: «el crédito de que gozamos ante Dios y del que la palabra de Dios goza en nosotros desde el momento en que creemos en él» (Agamben, 2013).

Por esta razón, la creencia no es lo fundamental de la fe, sino la vivenciación de la fe, que implica experiencia del contacto personal con Dios: «Hasta ahora sabía de ti de oídas; ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).

EL MISTICISMO HOY

A priori, el fenómeno místico parece consistir en un hecho extraordinario reservado a unos pocos ascetas o santos que han abandonado el «mundanal ruido», y que la mística es del todo incompatible con la vida moderna, sobre todo en un contexto de crisis de lo religioso. De modo que cabe preguntar: ¿qué sentido tiene el misticismo hoy?

A la luz de las reflexiones de mi trabajo, es claro que la mística, en tanto experiencia de Dios, no consiste fundamentalmente en un conjunto de hechos extraordinarios, sino más bien en buscar la presencia de Dios más allá de nuestros conceptos y expectativas.

La mística, desde sus orígenes griegos, ha sido vivida como experiencia de Dios a través de la contemplación. 

Hasta aquí todo es cierto; pero resulta falso si no se cae en la cuenta de que la experiencia de Dios puede realizarse de otras maneras, como, por ejemplo, a través de la práctica del amor. En este sentido, la mística se puede experimentar en la vida cotidiana (Velasco, 1999, pp. 358, 456) y deja de ser vista como un fenómeno para pocos.

Dicho de otra manera, la experiencia de Dios, que es lo nuclear del fenómeno místico, se puede realizar de muchas maneras: «La experiencia subsistente de Dios no es una experiencia al margen de la vida cotidiana: comer, llorar, tener hijos…, sino la manera de experienciar en todo ello la condición divina en que el hombre consiste» (Zubiri, 2003, p. 402).

De ahí la famosa sentencia de Karl Rahner: «El cristiano del futuro o será un “místico”, es decir, una persona que ha “experimentado” algo, o no será cristiano» (Rahner, 1966, pp. 25-26).

La fe (pistis) es crédito y convicción basada en la propia experiencia, y no el asentimiento acrítico a dogmas.

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